Cuando éramos pequeños, en el patio del colegio jugábamos partidos de fútbol, voleibol o cualquier otro deporte de equipo con una pelota como objeto codiciado. Cuando se formaba el equipo, alguien —que normalmente se hacía a suertes o directamente se daba como patria potestad a los líderes del recreo— iba escogiendo uno a uno a sus jugadores: los que más corrían, quienes pegaban más codazos, golpeaban más fuerte o regateaban como Oliver en Oliver y Benji. Al final solo quedaban unos pocos que, mirándose entre ellos, se daban cuenta de que eran "el descarte": bien porque no cumplían con las cualidades deseadas por los seleccionadores, bien porque no les caían en gracia. Pero el resultado era el mismo: ser escogido el último para jugar o, directamente, chupar banquillo.
El problema no es que los líderes del recreo escojan mal. El problema es que ahora ese recreo es Internet, y la pelota somos todos.
El patrón, caso por caso
Cada día escuchamos noticias como que han echado al CTO de una superempresa tecnológica por pensar diferente al CEO o a los accionistas, o que un tecno-oligarca maniaco le da por despedir a toda la plantilla porque ya no le convence lo que hacen o simplemente le apetece montarse su equipo de nuevo, como si terminara la partida del FIFA y se cambiara de jugadores. No es metáfora. Es literalmente lo que ocurre.
Twitter/X. En octubre de 2022, Elon Musk compró Twitter por 44.000 millones de dólares y en cuestión de semanas despidió al 80% de la plantilla. De 7.500 personas a poco más de 1.500. Pero lo que hace el caso especialmente revelador no es el volumen del recorte, sino a quién echó primero: al 80% de los ingenieros dedicados a Trust & Safety, el equipo que se encargaba de moderar contenido, combatir la desinformación y proteger a los usuarios de acoso. También disolvió el Trust and Safety Council —un órgano asesor externo de expertas en seguridad digital— y despidió al equipo de derechos humanos. Todo en pocas semanas. No fue un ajuste de costes. Fue una declaración de intenciones sobre qué tipo de plataforma quería construir y, sobre todo, quién sobraba en ese proyecto.
Meta. Mientras tanto, Mark Zuckerberg decidió en 2023 que ese sería su "Year of Efficiency". Veintiún mil personas fuera. Los más afectados: managers intermedios, equipos de diversidad y, de nuevo, los equipos de moderación de contenido. Lo llamó eficiencia. Lo que quedó fue una estructura más concentrada, más alineada con la visión del fundador, con menos voces que pudieran frenarla.
OpenAI. El espectáculo fue diferente pero igualmente ilustrativo. En noviembre de 2023 el consejo directivo despidió a Sam Altman un viernes por la noche. Para el lunes ya estaba de vuelta, después de que casi toda la plantilla amenazara con irse con él. Nueve meses más tarde, en septiembre de 2024, la CTO Mira Murati —la cara más visible de la ética y la seguridad interna de la empresa— salió por la puerta junto al Chief Research Officer y otros ejecutivos clave, justo cuando OpenAI aceleraba su transformación hacia un modelo completamente lucrativo. El patrón no es difícil de leer.
CNBC lo documentó bien en 2023: los despidos masivos en el sector tecnológico estaban arrasando de forma sistemática los equipos que ponían frenos, los que hacían preguntas incómodas, los que medían el impacto de lo que se construía. No era efecto colateral. Era el patrón.
"Ni buena ni mala; tampoco neutral"

“La tecnología no es ni buena ni mala; pero tampoco es neutral.”
Melvin Kranzberg, historiador de la tecnología — 1986
Es una frase que lleva décadas circulando por los márgenes de los debates académicos y que debería estar en el centro de cualquier conversación sobre el mundo digital. Kranzberg la escribió en 1986, la primera de sus célebres "seis leyes de la tecnología", y sigue siendo la síntesis más honesta de algo que nos empeñamos en ignorar.
Tendemos a hablar de los algoritmos como si fueran fenómenos naturales, como la lluvia o la gravedad. Como si el hecho de que TikTok te recomiende cierto tipo de contenido, de que los sistemas de selección de personal descarten ciertos perfiles o de que los motores de búsqueda prioricen unos resultados sobre otros fuera el resultado inevitable de ecuaciones matemáticas asépticas. Pero detrás de cada algoritmo hay decisiones: qué datos usar para entrenarlo, qué métricas optimizar, qué errores son aceptables y cuáles no, quién tiene acceso a sus resultados y quién los revisa. Decisiones que toman personas. Personas con intereses, con puntos ciegos, con incentivos económicos muy concretos.
Y esas personas, hoy, son muy pocas.
Quién sobra en el equipo
Eso es lo que ocurre: los diseñadores del futuro están construyendo una de las infraestructuras esenciales para la vida contemporánea —cómo nos informamos, cómo trabajamos, cómo nos relacionamos, cómo accedemos a servicios públicos y privados— según sus propios intereses. Y cuando alguien dentro de esa estructura levanta la mano para señalar un problema, para preguntar si esto es lo que queremos construir, para proponer que quizás hay otras formas de hacerlo... los seleccionadores del recreo deciden que ese perfil no encaja en el equipo.
No es que la tecnología sea mala. No es que Silicon Valley esté lleno de villanos con trajes negros planeando la dominación mundial. Es algo más sutil y, por eso, más difícil de combatir: es que los sistemas que estamos construyendo reflejan los valores, los prejuicios y los intereses de quienes los construyen. Y cuando esas personas tienen el poder de decidir quién entra y quién sale, qué equipos se financian y cuáles se disuelven, qué preguntas merecen hacerse y cuáles no... la infraestructura resultante no es neutral. Nunca lo fue.
La pregunta que importa
La diferencia entre el patio del colegio y lo que está pasando ahora es de escala. En el recreo, el descarte se quedaba en el banquillo una tarde. Aquí, las decisiones sobre qué se construye y para quién afectan a miles de millones de personas que nunca votaron en ese proceso de selección, que ni siquiera saben que está ocurriendo.
La pregunta no es si la tecnología es neutral. La pregunta es: ¿a quién le interesa que sigamos creyendo que lo es?
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